Un legado de trabajo: La vida de Julio Diez en la Patagonia
A los 99 años y con ceguera desde hace casi dos décadas, Julio Diez camina con firmeza los pocos metros que lo separan de su galpón en General Roca. Con un trapo en mano y un tango resonando de fondo, se dedica a limpiar peras y manzanas, cada una como si pudiera verlas. “Me canso de estar sentado, prefiero trabajar”, confiesa. Esta rutina refleja no solo su tenacidad, sino una cultura profundamente arraigada: la del trabajo en la fruticultura del Alto Valle, un legado que va de su padre a sus nietos. Un puente entre generaciones, Julio representa a aquellos para quienes trabajar es más que una obligación; es una forma de vivir.
La historia detrás de la chacra Diez
La vida de Julio comenzó en Stefenelli, General Roca, en 1926, cuando su padre, Narciso, un inmigrante español, compró una chacra de dos hectáreas y media. Sin embargo, el desafío apenas comenzaba; había que transformar el campo árido en un lugar productivo. Aunque la chacra originalmente contaba con viñas, fue con el tiempo que la fruticultura ganó protagonismo en la región. "Cuando volvíamos de la escuela, tomábamos el té y a trabajar", recuerda. Julio, con apenas cinco años, ya sabía que el sacrificio era parte de su cotidianidad, y esa enseñanza ha perdurado hasta sus días actuales.
Un presente activo en la fruticultura
Hoy, en una superficie de 3,8 hectáreas llamada "Frutos de Diez", su hijo Daniel y sus nietos siguen la senda trazada por Julio. Cultivan peras, manzanas y duraznos, trabajando todos los aspectos de la producción con pasión y dedicación. "En la chacra nunca falta trabajo", dice Julio, resonando con la filosofía de toda una vida dedicada a la tierra. Aunque la ceguera ha limitado algunas de sus actividades, su espíritu indomable lo mantiene En acción, limpiando cada fruta meticulosamente y disfrutando de los olores del entorno. En su voz resuena una certeza inquebrantable: "Si pudiera ver, estaría trabajando".