El Renacer de Gisela Bieczynski: De Ingeniera a Instructora de Yoga
Gisela Bieczynski tiene 47 años y se mueve con la soltura que dan los años de práctica en su amplio salón en Roca. Allí, recibe a personas de todas las edades, compartiendo su importante descubrimiento: el yoga. Desde su infancia, siempre había disfrutado mover su cuerpo, pero las responsabilidades fueron llevando su vida por otros derroteros. Tras 15 años en la industria petrolera como ingeniera química, la llegada de un duelo profundo —la pérdida de su padre— la llevó a revaluar sus prioridades. Fue en ese momento de crisis que el yoga se convirtió en su refugio.
Un Espacio de Sanación y Aprendizaje
En un edificio sereno sobre calle Tres Arroyos, Gisela ha transformado un espacio que alguna vez enseñó inglés en un centro de yoga adaptado para compartir su vocación con quienes recién empiezan. “Ya me sentía sobrepasada”, confesó, refiriéndose al ritmo de trabajo que había marcado su vida. Este nuevo camino no fue sencillo, especialmente al soltar un trabajo que le otorgaba reconocimiento. Sin embargo, el yoga eclipsó su visión anterior, convirtiéndose en su modo de vida. Al hablar de los beneficios que le trajo, menciona cómo estas prácticas no solo reforzaron su estado físico, sino que también mejoraron su ánimo.
Yoga Ashtanga: La Transformación a Través de la Disciplina
Lo que comenzó como una forma de desconexión se ha convertido en una práctica de autodeterminación. Gisela enfatiza la importancia de la disciplina, que, aunque a veces se siente lejana, se puede cultivar mediante el compromiso con la práctica. “Trabajar con uno mismo requiere salir del área de confort”, comparte, aludiendo a cómo el Yoga Ashtanga, con sus series fijas de posturas, no solo fortalece el cuerpo, sino que también entrena la mente. En sus clases, demuestra que el fluido movimiento puede ser un camino hacia la sanación, un recurso esencial en un mundo que a menudo exige más de lo que se está dispuesto a dar.