El Viaje a la Identidad: 77 Años de Búsqueda
La historia empezó en Allen en 1946, en un contexto mundial marcado por el final de la Segunda Guerra Mundial. Allí, una joven trabajadora rural se cruzó con el hijo del dueño de galpones de empaque y frigoríficos de la región. Nacía así la vida de una niña, que, aunque supo de su existencia, fue condenada al silencio: su padre biológico nunca la reconoció y solo contribuyó económicamente una vez, cuando cumplió 15 años, para cubrir gastos médicos. La falta de afecto y conexión familiar dejó una huella profunda en su vida, que estuvo marcada por el desapego y una lucha constante por conocer su verdad.
La mujer, tras una vida repleta de dificultades, fue entregada a otra familia en el Alto Valle, mientras su madre biológica padecía una enfermedad que le impedía trabajar. Más tarde, terminó en un patronato de infantes, donde perdió todo rastro de su origen. A pesar de las adversidades, el deseo de descubrir su historia nunca se apagó. Tras la muerte de su padre biológico, decidió reclamar su identidad y acudió al fuero Civil de Roca para iniciar una demanda de filiación, un camino judicial lleno de obstáculos.
Los herederos del hombre, sus hermanos, intentaron negar el vínculo, cuestionando la validez de su reclamo. Sin embargo, la ciencia intervino con un contundente estudio de ADN, que reveló un 99,999999999% de certeza de paternidad. La jueza a cargo, reconociendo que el derecho a la identidad es un derecho humano fundamental que no prescribe, declaró la filiación paterna extramatrimonial post mortem. Además, se ordenó su inscripción en el Registro Civil con el apellido que siempre le correspondió, abriendo las puertas para su inclusión en la declaratoria de herederos de la familia. Así, aquella niña que creció en soledad y abandono finalmente pudo recuperar su nombre y su lugar en la historia del Alto Valle.